De la Diversión a la Ciberdependencia: Una historia con las pantallas negras.
- 5 nov 2024
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A mis 8 años por primera vez recibí un celular, un dispositivo electrónico que me dieron mis padres para comunicarnos y tomar fotos ya que me encantaba la fotografía después de tanto insistir ya que mis amigos del colegio hablaban de lo divertido que era tener uno. Llevaba mi celular a todos lados, a las fiestas, al salir a un centro comercial, en los encuentros familiares, etc. Me sentía tranquila al tener mi celular en mis manos, sin saber que desde ese momento iniciaba mi ciberdependencia con las pantallas negras.
A medida que crecía, mi celular se convertía en mi fiel compañero en todo momento y cualquier lugar. Para mí, ya no era solo un dispositivo para comunicarme, sino mi ventana al mundo. Exploraba nuevas aplicaciones, jugaba videojuegos durante horas y me sumergía en las redes sociales. Las notificaciones constantes me mantenían alerta y ansiosa por cualquier interacción. Cada vez pasaba más tiempo en mi celular y también en mi computador, pegada en la pantalla haciendo “scrolling” sin parar en medio de una reunión familiar, actualizando mis redes sociales cada minuto para saber que de nuevo había en el mundo digital junto con mis amigos e incluso mentía a mis padres a la hora de dormir para quedarme hasta altas horas de la noche como un vampiro viendo vídeos encerrada en mi habitación.
Con el paso del tiempo, mi rendimiento académico empezó a decaer, de ser una estudiante comprometida y disciplinada, me había convertido en una estudiante procrastinadora e irresponsable. Las tareas se acumulaban y las horas de estudio se reducían. Las distracciones eran constantes, y cada sonido de notificación me sacaba de concentración, las pantallas me ofrecían un mundo de posibilidades infinitas, y los libros y cuadernos parecían aburridos ante toda la diversión que mis dispositivos electrónicos me brindaban a cada instante.
Estar tanto tiempo dentro del mundo digital había transformado mis hábitos y mi vida de una manera notoria. Cuando me desconectaba unos minutos o un par de horas, ocasionaba en mí ansiedad, estrés, irritabilidad, aislamiento del mundo real y hasta ataques de pánico y mucho miedo. Mis padres intentaban saber que me pasaba pero yo no hacía más que discutir con ellos y encerrarme en mi habitación junto a mi celular y mi computador para sentirme mejor. Mis amistades se fueron alejando de mí, prefería las interacciones y amistades virtuales antes que las reales.
A pesar de estar constantemente conectada, me sentía más sola que nunca. La comparación constante con las vidas perfectas que veía en las redes sociales me generaba una profunda inseguridad. La ansiedad y la depresión se convirtieron en mis compañeras diarias. Cada vez que intentaba desconectarme, sentía un vacío y una necesidad incontrolable de volver a conectarme, ya no podía vivir sin estar conectada, mis dispositivos reportaban que estaba conectada entre 12-15 horas diarias, mi día a día se basaba en un paseo digital entre las diversas aplicaciones de mi dispositivo móvil y navegar durante horas en internet en mi computador.
Un día, mientras navegaba por internet, me encontré con un artículo sobre el término de “ciberdependencia”, mis amigos me decían constantemente que era una “ciberdependiente”, “que la tecnología me había afectado la cabeza” y que era un “zombie tecnológico” pero nunca les había prestado atención porque me sentía momentáneamente feliz dentro del mundo digital que había construido. Al leer los síntomas, me di cuenta de que estaba describiendo mi vida a la perfección. Sentí un gran impacto al comprender que mi relación con la tecnología se había convertido en un problema.
Tras entender que mi estilo de vida era ser ciberdependiente, decidí que era hora de hacer un cambio. Comencé por establecer límites en el uso de mi celular, desactivé las notificaciones, eliminé aplicaciones que me consumían mucho tiempo y establecí horarios específicos para estar conectada. También busqué actividades que me permitieran desconectar y conectar con el mundo real, retomé la lectura, hacer ejercicio, pasar tiempo con mi familia y volver a conversar con mis amigos dejando las pantallas de lado me ayudaron a valorar nuevamente el mundo real.
Fue un proceso difícil, pero con esfuerzo y perseverancia logré recuperar el control de mi vida. Hoy en día, utilizo la tecnología de manera más consciente y saludable. Mi relación con las pantallas negras ya no es tóxica, sino que me permite comunicarme, aprender y divertirme de una manera positiva dentro del agitado mar digital.
¿Te sientes identificado con este testimonio? Si es así, recuerda que no estás solo. La ciberdependencia es un problema cada vez más común, que crece al mismo ritmo que los avances tecnológicos. En un mundo donde las pantallas dominan nuestro día a día, es fácil caer en la trampa de la sobreconexión.
La ciberdependencia se puede superar estableciendo límites de uso y horarios específicos para el uso de los dispositivos electrónicos, desactivando las notificaciones que generen desconcentración en medio de tus actividades diarias, descubriendo nuevos hobbies fuera de las pantallas y por supuesto conversando con familiares y amigos sobre esta problemática. Aplicando estas estrategias podrás combatir la ciberdependencia y tener un estilo de vida más saludable.




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