Mi cuerpo, mi historia, mi voz: No al matoneo digital
- 3 jun 2025
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Me llamo Sofía y esta es la historia de cómo sobreviví a palabras que dolían como si fueran golpes. Entré a primer semestre de Comunicación Social con todas las ilusiones encima. Había trabajado duro para estar allí y desde niña soñaba con contar historias, hablar frente a una cámara, ser voz de quienes no tienen una. Al segundo mes, un profesor propuso un ejercicio: grabar un video para redes sociales sobre algún tema que nos apasionara y que representara una iniciativa social.
Decidí entonces grabar un vídeo sobre la adopción de cachorros, conté la historia de cómo adopté a mi perrita, Lulú, quien pasó mucho tiempo en la calle antes de ser rescatada. En mi vídeo, resalté la importancia de adoptar y cuidar a los animales como estos, brindarles amor y cariño. Subí el video a TikTok con la expectativa de que las personas se sintieran animadas a adoptar responsablemente, se unieran a la conversación y contaran las historias de sus mascotas. Jamás imaginé que este tema pasara a segundo lugar y se enfocaran en mi aspecto físico y forma de hablar.
Al principio fueron comentarios superficiales: bromas, burlas, críticas al tema. Pero muy pronto los ataques se volvieron personales, crueles. Me empezaron a señalar por mi cuerpo, mi rostro, mi forma de hablar. Capturas de mi video circularon en grupos de WhatsApp. Personas que no conocía compartían frases como “¿y esta gorda supuesta defensora de animales ahora es influencer?” y “Con esa voz tan horrible, ni los perros la quieren”. Alguien incluso editó el video imitando mi voz y exagerando mis gestos. Sin duda, lo que para ellos era una fuente de risa, para mi estaba siendo toda una pesadilla.
Pronto, mi ánimo y motivación se disipaba, me miraba al espejo con muchas inseguridades y recitaba palabras al azar analizando el tono de mi voz. Con lágrimas en los ojos, me preguntaba, si tales comentarios representaban la verdad sobre mí. Dudé si haber subido ese video fue una buena idea, empecé a creer que hacia el ridículo y que todo era culpa mía. Comencé a sentir miedo de ir a clase. Dejé de participar, de saludar, de comer con mis compañeros. A veces no comía en todo el día. Otras veces me encerraba en el baño y lloraba en silencio para que nadie notara lo rota que estaba por dentro.
Una noche, agotada y con el corazón hecho trizas, me senté con mi mamá y le conté todo. Le mostré los mensajes, los videos, las burlas. Vi cómo su rostro se llenaba de preocupación, pero también de firmeza. Me miró a los ojos y me dijo con total convicción:
—Nada de lo que dicen es verdad. Nadie tiene derecho a tratarte así y tu valor como persona vas a allá de lo que alguien en redes pueda afirmar.
Me abrazó con fuerza y me prometió que no me dejaría sola y que juntas íbamos a salir de esto. Y por primera vez en días, sentí que no estaba perdida.
Al día siguiente fuimos juntas al área de bienestar universitario. Con su apoyo, denuncié. Mostré todo: los comentarios, los videos, los perfiles. No tuve miedo y mientras lo hacía me sentía fuerte. La universidad activó su protocolo de atención a víctimas de violencia digital. Empezaron a rastrear a los implicados, algunos de los agresores fueron sancionados. Otros tuvieron que asistir a charlas sobre respeto, empatía y uso responsable de redes e incluso promoverlas. Y yo empecé a recibir acompañamiento psicológico.
Con el tiempo, fui recuperando la voz que pensé haber perdido. Empecé por hablar en pequeños espacios: con mis amigos, con mis profesores, en círculos de escucha de la universidad. Y después, decidí volver a grabar. En ese nuevo video no hablé de cachorros ni de acoso. Hablé de valentía. De cómo, a pesar de todo, seguía aquí, lo titulé “Mi cuerpo, mi historia, mi voz”. No respondí con odio, respondí con firmeza.
Para mi sorpresa, esta vez el video no se volvió viral… pero se volvió importante. Recibí mensajes de apoyo, de personas que habían pasado por lo mismo y que me agradecían por no callar. Compañeros que antes no me miraban, ahora me respetaban. Incluso algunos me pidieron perdón por no haber dicho nada.
Hoy sigo estudiando, grabando y hablando. No busco que me escuchen miles, me basta con que una sola persona se sienta menos sola al oírme. Porque entendí que mi valor no depende de un cuerpo perfecto ni de la aceptación en redes, sino de mi capacidad de seguir adelante, de reconstruirme con dignidad después del daño.
En el mundo digital, el ciberbullying puede parecer algo intangible, pero las heridas que deja son profundas y reales. Esta historia es una invitación a alzar la voz, a acompañar, a denunciar sin miedo. Porque mientras más hablemos, menos normal será el silencio. Entre todos, podemos hacer de las redes un espacio más humano, donde nadie tenga que avergonzarse de ser quien es, ni mucho menos sea permitido el acoso o el maltrato a terceros.
¿Tú también has enfrentado comentarios crueles en redes? Cuéntanos tu historia e inspira a otros.
Elaborada por:
Jesús David Figueroa Liñan - Miembro Escritor de la Tripulación MAPA.




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