Pablito y la abuela engañada: una historia de Pesca Digital
- 27 may 2025
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Me llamo Pablo y esta es la historia de la vez en que mi abuela Ana fue víctima de phishing. Mi abuela y yo somos muy cercanos. Ella es una mujer con carisma, independiente y muy sabia. Cuando yo era niño, solía regañarme por pasar tanto tiempo pegado al celular, recuerdo que decía con tono serio pero dulce:
—No es bueno usar tanto el celular, Pablito. Yo jamás usaría un aparato como ese.
Pero con los años, la curiosidad le ganó la partida, y poco a poco se sumergió en el mundo de la tecnología. No completamente, claro, pero lo suficiente como para estar a la vanguardia dentro de su círculo de amigas. Al principio, fui yo quien le enseñó lo básico: cómo hacer llamadas, enviar mensajes, buscar videos en YouTube. Pero su mente despierta no tardó en aprender por sí sola mucho más. Hoy en día maneja su celular con soltura: revisa correos, paga sus servicios, ve sus novelas en streaming y hasta manda stickers en WhatsApp.
Aun así, muchas veces le advertí sobre los peligros a los que se expone. Le expliqué cómo reconocer correos sospechosos, cómo no dar clic en enlaces extraños, y le insistí en que nunca compartiera datos personales por teléfono. Pero hace unos meses, personas muy profesionales y malintencionadas supieron cómo engañarla.
Todo ocurrió una tarde, mientras ella preparaba su café. Recibió una llamada, su celular mostraba un número supuestamente registrado y, para su sorpresa, identificado con el nombre de su banco habitual. La voz al otro lado de la línea era suave, educada y muy convincente. Una joven que se presentó como asesora del banco y que, para ganar su confianza, mencionó su nombre completo, número de cédula e incluso los últimos dígitos de su tarjeta.
Mi abuela creyó que se trataba de una simple actualización de rutina. Al principio, las preguntas fueron inocentes: si aún vivía en la misma dirección, si su número de celular seguía siendo el mismo… Nada sospechoso. Pero luego, con una naturalidad inquietante, la supuesta asesora le dijo que estaban teniendo problemas técnicos y que necesitaban confirmar su CVV, el código de seguridad de su tarjeta.
Ahí fue cuando algo en mi abuela se encendió. Dudó. —¿Y para qué necesitan ese numerito de atrás? —preguntó.
La chica, con un tono amable pero firme, le respondió que era solo un paso más del protocolo, que no había de qué preocuparse, que era información temporal y que el sistema la necesitaba para validar el dispositivo. Mi abuela, aún con algo de recelo, accedió. Pero no paró ahí. Le siguieron preguntando por el código enviado a su celular, supuestamente para validar el proceso. En ese momento, mi abuela decidió cortar la llamada. Algo en su instinto le decía que algo no andaba bien. A los pocos minutos, me llamó a mí.
—Pablito, ¿tú crees que de verdad era del banco? —me preguntó, con una voz que mezclaba duda y angustia.
Le pedí que me contara todo paso a paso. Apenas escuché “CVV” supe que algo andaba mal. Inmediatamente revisamos su cuenta y, para entonces, ya habían hecho varias compras en línea con su tarjeta.
Actuamos rápido: bloqueamos su tarjeta, reportamos el fraude al banco y, por fortuna, logramos frenar otras transacciones antes de que le vaciaran la cuenta. A los pocos días, el banco inició una investigación y lograron revertir algunos de los pagos.
Mi abuela se sintió muy mal, no tanto por el dinero, sino por haber confiado. Hoy, cada vez que hablamos, le recuerdo algo: que no fue su culpa. Que los criminales detrás de estas estafas son expertos en manipular emociones y aparentar lo que no son. Y que su error no fue confiar, sino que el mundo digital, como la vida, a veces nos enseña a las malas.
Desde ese día, mi abuela es aún más cuidadosa. Y aunque el miedo no se va del todo, sigue usando su celular, sigue viendo sus novelas, y cada tanto, me manda un mensaje con una carita sonriente que dice:
—Hoy no me estafaron, Pablito.
Y yo, del otro lado del chat, no puedo evitar sonreír.
En el océano del mundo digital, el phishing es la carnada perfecta lanzada por ciberdelincuentes para que navegantes desprevenidos (como mi abuela) atrapen el anzuelo. No buscan peces, buscan datos, contraseñas, códigos, identidades… y lo hacen con una destreza que puede engañar incluso a los más precavidos. Esta historia no es solo una advertencia, sino una invitación a abrir los ojos, a educarnos y a compartir. Porque mientras más sepamos, menos picaremos el anzuelo. Entre todos, podemos construir una red más segura para navegar.
Elaborada por:
Jesús David Figueroa Liñan - Miembro Escritor de la Tripulación MAPA.




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