top of page

No soy un filtro: soy más de lo que ves

  • 10 jun 2025
  • 3 min de lectura
Ilustración tomada de Freepik.
Ilustración tomada de Freepik.

Todo comenzó como un “juego”. Me gustaba maquillarme, editar con efectos, subir frases que me gustaban o fotos con mis amigas. Las redes eran mi espacio para expresarme sin miedo, para ser yo misma sin filtros. Hasta que un día, sin esperarlo, eso cambió.


Mi nombre es Valeria y esta es una historia que nunca pensé vivir ni mucho menos compartir. Una historia que no comenzó con agresiones físicas, sino con emojis sarcásticos y comentarios aparentemente inofensivos. Una historia que me enseñó que el dolor también puede viralizarse, pero que la valentía cuando se comparte tiene aún más poder.


Tenía 17 años cuando comencé a interesarme por el maquillaje. No solo porque me gustara verme bien, sino porque era mi forma de expresarme, de jugar con los colores, de sentirme artista frente al espejo. Abrí una cuenta de Instagram donde subía looks creativos, tutoriales sencillos, y hablaba de autoestima y aceptación. Me gustaba mostrar a través de mi arte que la belleza no representa perfección, sino un sello de autenticidad.


Al comienzo, mi cuenta creció rápido. Mi familia, amigos, compañeros del colegio, vecinos y hasta personas que no conocía me seguían, comentaban, me pedían consejos. Me sentía bien, segura, sobre todo empoderada. Recuerdo que incluso dejando de lado mi miedo a hablar en público, comencé a realizar en vivos enseñando maquillaje. Me sentía muy feliz por la comunidad que estaba construyendo.


Pero todo cambió cuando una historia mía fue compartida en una cuenta anónima que hacía “humor negro” sobre estudiantes. Pusieron una captura de mi cara sin maquillaje y despeinada, y al lado una de mis fotos editadas con un filtro. El texto decía: “¿Real o efecto especial?”. Acompañaban el post con un montón de emojis de vómito y risas.


Pensé que sería algo de unas horas o incluso un día, pero no. Alguien del colegio compartió el post en el grupo de WhatsApp de mi curso. Luego en otros grupos. Comenzaron a llegarme mensajes de gente burlándose de mí, llamándome “cara de ogro” “monstruo” “mentirosa” “falsa” “sin maquillaje das miedo”, otros preguntándome si era cierto lo que decían de mí e incluso insultos de mi personalidad en redes. Lo que antes era un espacio para crear, se volvió una sala de juicio. Había quienes solo observaban y no decían nada, pero su silencio era ruido.


Me daba miedo abrir Instagram. Me dejé de seguir a mí misma. Dejé de maquillarme. Pensé que si no llamaba la atención, todo pararía. Pero no fue así.


Una semana después, un perfil falso comenzó a responder mis publicaciones con insultos. Me llamaban “engaño con patas”, “payasa”, “la reina del filtro”. Incluso empezaron a editar mis fotos para mostrarme “cómo me veía de verdad”. Llegué al punto de no querer salir de mi cuarto. Me miraba al espejo con rabia y tristeza. Cada vez que hablaban de maquillaje en clase, me avergonzaba, esperando algún comentario disfrazado de chiste.


Fue mi hermano menor quien me encontró llorando una tarde. Me abrazó sin preguntar y me dijo:

—No importa lo que digan, tú sigues siendo mi artista favorita, y eso nadie lo cambia. Porque como dice mamá, ningún insulto puede apagar tu brillo ni energía de seguir tus sueños.


Esa frase sencilla fue el primer paso para levantarme. Luego hablé con mi mamá. Le mostré todo, incluso lo que me daba vergüenza mostrar. Ella me escuchó sin interrumpir y me acompañó a hablar con el colegio.


Activaron el protocolo de cibermatoneo y me ofrecieron apoyo psicológico. Yo misma, con la voz temblorosa, expuse lo que me habían hecho. Hablarlo fue duro, pero necesario. Poco a poco recuperé mi confianza. Volví a maquillarme, no para esconderme, sino para reconectarme con lo que amo.


Un día grabé un video titulado “No soy un filtro: soy más de lo que ves”. En él conté mi historia. No pedí lástima ni buscaba seguidores. Solo quería hablar, romper el silencio. Ese video no se hizo viral, pero llegó a las personas correctas. Me escribieron chicas diciendo “a mí también me pasó” o “gracias por decirlo en voz alta”.


Hoy sigo aquí, con mis brochas, mis colores, mi voz. Ya no me maquillo para gustar, sino para recordarme que puedo transformar lo que me duele en algo bello e inspirador. Aprendí que detrás de cada cuenta hay una persona real, con emociones reales. Y que el daño en redes no es virtual: es humano.


El cibermatoneo es una forma de violencia que se esconde detrás de pantallas, pero que golpea directo en el corazón. Yo elegí hablar, y eso me salvó. Si tú también has vivido algo similar, no estás solo. Cuéntanos tu historia, inspíranos con tu fuerza. Porque cuando hablamos, resistimos. Y cuando resistimos, construimos espacios digitales donde sí vale la pena quedarse.


Autoría de:

Sheily Valeria Meza De Ávila- Miembro Escritor de la Tripulación MAPA

 
 
 

Comentarios


¡Únete a nuestra travesía dentro del mar digital!

  • Spotify
  • TikTok
  • Instagram
  • X

Déjanos un mensaje contando tus experiencias reales en el mar digital , preguntas o sugerencias.

© 2024 by Línea Editorial Faro - Ecosistema M.A.P.A. Powered and secured by Wix

bottom of page